terça-feira, 26 de outubro de 2010

La extrema derecha gana adeptos eUn un continente en crisis de identidad y sin protagonismo en la escena internacional

El gran susto lo dio Jean-Marie Le Pen en 2002. La extrema derecha, extirpada del continente europeo tras los horrores de la II Guerra Mundial, estaba ganando adeptos desde los años 80, pero no había dejado de ser un fenómeno marginal. Fue el líder del Frente Nacional quien la rescató definitivamente tras llegar a la segunda vuelta de las presidenciales francesas. Mientras Europa observaba incrédula el avance del nacionalismo en el corazón del Viejo Continente y Jacques Chirac se complacía en su nuevo papel de baluarte contra el radicalismo, la extrema derecha acababa de postularse como una auténtica tercera vía en contraposición a los partidos políticos tradicionales.
El momento estelar del Frente Nacional coincidió con el fracaso socialista de Lionel Jospin. Un dato sintomático, porque los resultados de aquellas presidenciales francesas presagiaron una tendencia aún actual, que se traduce en el progresivo arrinconamiento de la izquierda en un espectro político europeo cada vez más desplazado hacia la derecha. No sólo por los buenos resultados electorales de las formaciones extremistas; también porque las recetas ideológicas de los radicales han logrado hacer mella en los partidos tradicionales.
Lo demuestran las expulsiones de gitanos en Francia y en Italia, la prohibición del burka en Bélgica o la negativa a la construcción de nuevos minaretes en Suiza. Iniciativas en sintonía con el ideario de la extrema derecha, basado en unos valores cada vez más compartidos por los ciudadanos europeos: nacionalismo, xenofobia, proteccionismo económico, rechazo a la globalización, a la UE, al euro…
Así, directa o indirectamente, las teorías radicales se han hecho un hueco en Europa, un continente en crisis de identidad, donde siguen aumentando los inmigrantes, que sufre los coletazos de la peor crisis económica desde 1929 y que ha pasado a un segundo plano en la escena internacional. «Poco a poco, la gente se está dando cuenta de que la globalización afecta a todos», asegura el eurodiputado Bruno Gollnisch, del Frente Nacional.
Triunfos electorales

La «gente», dice, utilizando una de las palabras favoritas de la extrema derecha. Los dirigentes de la italiana Liga Norte un partido en el Gobierno y cuyo líder estrechó la mano de Slobodan Milosevic durante la Guerra de Kosovo parecen incapaces de articular un discurso sin sentenciar cada dos frases que «la gente está cansada». Es el meollo de su ideología, la identificación entre pueblo y partido. No sorprende que populista sea uno de los calificativos más utilizados para desacreditar a la extrema derecha.
El último gran triunfo electoral de estos movimientos se dio el pasado septiembre en Suecia, donde el SD logró entrar en el Parlamento recibiendo el 5,7% de los votos. Un éxito que se suma a los que recientemente lograron el PPV en Holanda y el Jobbik en Hungría. El líder del primer partido es la estrella mediática Geert Wilders, paladín de la lucha contra la «islamización» de los Países Bajos. Su partido pasó de nueve a 24 escaños en junio. Dos meses antes, el Jobbik obtuvo el 16,7% de los votos en su país. Una cifra considerable para una formación de tintes antisemitas que habla de «Gran Hungría» y dispone de una estructura paramilitar la Guardia Nacional encargada de «mantener el orden público».
En las elecciones europeas de 2009, la extrema derecha logró porcentajes de votos de dos dígitos en siete Estados miembros y entre el 5% y el 10% en otros seis países. Sus dirigentes pueden hoy criticar la existencia de la Unión directamente en la Eurocámara, que incluso les ofrece un sueldo por ello.

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